El verdadero dojo del fin del mundo: Judo en la Antártida

Parte de la clase cuando recibió de diploma de participación

¿Qué sentiría el Maestro Jigoro Kano si viera que su obra es conocida y practicada en La Antártida,  el lugar más remoto del planeta? Gracias a la labor docente del Sensei Kano, el Judo rápidamente  ganó popularidad y pasó a formar parte del sistema educativo japonés. Comenzó su difusión y expansión a otros territorios fuera del país, siendo los primeros en recibir los beneficios de este arte marcial Francia, Inglaterra y los Estados Unidos de Norteamérica.  En la Argentina, con  113 años de historia,  es la disciplina proveniente de Japón más antigua y una de las más difundidas.  La Antártida o Antártica, nada menos que a 13,176 kilómetros de distancia de Tokio, denominada  como «el último desafío», es considerada la zona más remota del planeta. Este continente, ubicado al sur de la latitud 60° S y que rodea por completo el Polo Sur, es una tierra de extremos: es el continente más seco y frío de la Tierra, además de tener la altitud promedio más alta. Casi sin intervención humana, las tierras congeladas antárticas entregan escenarios que detienen la respiración de los pocos científicos y visitantes que logran conocerla. No más de un millar de personas habitan en la Antártida en sus distintas bases de investigación.  Fue un 22 de febrero de 1904 cuando se inició la ocupación permanente de la Antártida Argentina, con el izamiento del pabellón nacional en la Isla Laurie del grupo de Islas Orcadas. Cabe destacar que durante 40 años la Argentina fue el único ocupante permanente del Antártico, hecho que constituye el mejor aval  de soberanía en el área, y cuya presencia en la Antártida tiene más de un siglo, récord que enorgullece.

Al final de año, desfiló todo el alumnado del dojo con la bandera argentina

Corría el año 2002 cuando de la mano de Fabio Monserrat, el Judo nacional logra un nuevo hito: abrir el primer dojo de Judo (y de artes marciales) en La Antártida. Te contamos su historia.

Con presencia en tierra, mar y aire en todo el Sector, inclusive el mismo Polo Sur, sus bases permanentes  Orcadas, Carlini , Esperanza, Marambio, San Martín y Belgrano II, mas las temporales: Cámara, Decepción, Petrel, Primavera, Melchior, Brown y Matienzo, sus habitantes dentro de un duro clima, se ocupan de las siguientes tareas:

– Tareas de rescate, auxilio o apoyo;

– Instalación y mantenimiento de otras bases permanentes y temporarias;

– Trabajos de exploración, estudios científicos y cartográficos en forma continuada;

– Instalación y mantenimiento de faros y ayudas a la navegación.

Entré al ejército para hacer una residencia en la especialidad medicina critica y terapia intensiva. Cuando estaba con el grado de capitán me entero que Argentina tenía bases permanentes en la Antártida y me gustó la idea de poder ayudar con la permanencia de nuestra soberanía en el continente blanco. Hablo del año 2002. Un año antes participo de un curso denominado pre antártico, con materias como idioma ingles, historia…viene un barco, los recibís y les mostras de que se trata. Una vez que llegué, encontré por ejemplo que había 23 niños viviendo allí. De hecho, en Base Esperanza, donde estuve, encontras familias y gente que va sola”, inicia el dialogo el Doctor Fabio Monserrat, quien en la actualidad se desempeña como Jefe del Departamento de Emergencias y Evacuación Aérea en el Hospital Militar Campo de Mayo. Recientemente graduado como 1er dan, mas allá de ser un antiguo practicante de Judo que se iniciara en su Ramallo natal de la mano de Sensei Oscar Oliveros, además de contar con una importante trayectoria deportiva, “Llegar a la Antártida es una aventura en sí misma, cruzando las fieras aguas que la separan del resto de la humanidad y que explican su existencia como un continente virgen.  A bordo del Almirante Irizar, luego de 25 días llegué a la base Esperanza, al norte de la base Marambio. Climas de +2 a – 70 grados por el viento. Más al norte, mas azota el viento. Podes encontrar vientos de más de 240 km por hora”, completó.

Al carecer de Judogis, los chicos practicaban de gimnasia

C-M: ¿Cómo es un día típico en Base Esperanza?

F-M: Haciendo un paralelismo para que comprendan todos, es como un barrio cerrado con casitas al pie de una montaña, de frente al mar. Con un clima que es poco auspicioso por así decirlo. Y el día a día…, además de lo mío con la medicina, hacíamos diferentes trabajos. Ayudaba en la carpintería, pintábamos, los días viernes colaboraba con el procesamiento de residuos para enviarlo al continente, porque el tratado antártico de los países que lo firmaron dice que uno no puede llevar ni armamento y tiene que tratar los residuos. Y que nadie puede pedir “su parte de la porción de la pizza”. Entonces nosotros estábamos cerca de las bases de otros países, como la chilena, la inglesa, uruguaya, etc…asique el día a día era levantarse temprano y dedicarte a tu actividad principal. Siempre digo que en la Antártida más que el clima, lo duro es la convivencia. A los meses ya se comienza a ver la verdadera cara de cada uno. De esa manera es que decidí impartir clases de Judo. Veía que en cada una de las casas, para conservar el calor en la parte de arriba había colchones. Y en el gimnasio, encontrabas una gran lona. Entonces la suma dio perfecta: colchones + lona= Judo. En el mismo lugar donde se daban las clases de primaria y secundaria iniciamos las clases de Judo en el mes de marzo.

C-M: ¿Cómo estaba conformada la clase?

F-M: La dotación estaba conformada por muy pocos adultos, y 23 chicos. Aunque habitualmente daba para chicos, encontrabas adultos en la clase. Ellos iban más para aprender defensa personal y bajar el nivel de stress. ¿Por qué stress? Por ese tiempo, 2002, todavía había poca comunicación entre quienes estaban en la base y el continente. Súmale a que muchos están por mucho tiempo lejos de su familia, entonces el Judo para ellos era una herramienta para luchar contra el stress,  y los nervios de extrañar a los suyos… no había Wi Fi, ni internet. La comunicación era mínima.

Junto a Luis Cataldo, guia al Polo Sur, cuando Argentina llega por segunda vez en el 2000. Uno de los grandes hombres de la especialidad

C-M: ¿…y como fue esa primera clase?

F-M: A decir verdad, fue un poco complicado. Al estar en un lugar inhóspito, más allá que yo fuera el médico, era el único que se dedicaba a eso. Allá solo va un medico…, no va un odontólogo, un kinesiólogo, sino que tuve que pasar por un montón de sub especialidades antes de ir. Para ser mas especifico, mi formación previa a ir fue desde Palestra, Tirolesa, Navegación con GPS, Rescate de Heridos en Grieta, Esquiar…, todas esas técnicas de supervivencia las tuve que aprender todas, y a continuación sumale: Pediatría, mi especialidad es Medicina Crítica y Terapia Intensiva, hice Cirugía Vascular y soy Cardiólogo. También debí aprender odontología, allí saqué muelas, puse amalgamas, extracciones dentarias, como radiólogo saque placas…, entonces convencer a una mamá que permitiera que su hijo practicara Judo fue difícil. Fueron tiempos de explicar que es el Judo, como se desarrolla una clase, todo uno por uno…, la primera jornada fue medio reticente hasta que las mamás fueron llevando sin miedo a sus hijos. Para que todos vayan perdiendo el miedo, la clase era lenta, muy detallada y en castellano. Nada de terminología japonesa. El primer objetivo fue que todos los presentes pierdan el miedo. Al tiempo, ya sumamos todo el vocabulario y los participantes se terminaron de enganchar.

C-M: ¿Qué jornada lo marcó más mientras enseñó allí Judo?

F-M: Cuando finalizaba cada jornada, abría la escuela de Judo. Hacíamos promedio hora y media. Al carecer de Judogis, los chicos practicaban de gimnasia. Jamás pensé que me iban a permitir enseñar Judo. Así que entre todos nos las arreglamos con lo que teníamos. La gran anécdota fue el día final: desfiló todo el alumnado del dojo con la bandera argentina, se le otorgó un diploma a cada uno de los participantes, se acercó el Jefe de Base, que el mismo mandaba a sus cinco hijos a practicar, donde se llevó a cabo el acto de cierre e inauguración del dojo, el primero de su tipo en la Antártida, denominándolo Sensei Oscar Oliveros, el nombre de mi maestro. ¡Imaginate su emoción cuando se enteró! Cuando luego de 14 meses regreso a Ramallo, le hice entrega de la foto enmarcada y le cuento toda la historia… ¡Se largó a llorar! Imaginate que un alumno suyo llevó el Judo a la Antártida, y que la primera escuela lleve su nombre, es todo un orgullo. ¡Para mí es un hermoso recuerdo el haber contribuido a la difusión del Judo, espero que haya más instructores que puedan difundirlo y hacerlo crecer!

El Judo continúa, esta vez de la mano de un 1er dan en la Base Marambio. Pero esa es otra historia a contar en un futuro…